Encierros de Cuéllar, tradición viva entre pinares y murallas

La primera noticia documentada sobre fiestas de toros en Cuéllar data del año 1215, durante el papado de Inocencio III. En aquellos momentos la Diócesis de Segovia tenía problemas; había graves querellas religiosas entre la iglesia catedral, y los clérigos y laicos de algunas villas de la diócesis, entre ellas Cuéllar, por lo que el obispo de la misma, don Gerardo, convocó sínodo para poner fin a los enfrentamientos, cuya sentencia, fechada en el mes de diciembre de dicho año 1215, mantiene en su artículo quinto “que ningún clérigo juegue a los dados ni asista a juegos de toros, y sea suspendido si lo hiciera”.

[Img #5229]Para que pudieran darse los juegos de toros, era necesario trasladar previamente el ganado desde la dehesa al núcleo urbano, y este traslado que aún se sigue llevando a cabo en Cuéllar, es lo que originó el encierro, cuando los vecinos ayudaban a que el ganado discurriese por las calles hasta encerrarlos en el lugar en el que se celebraban dichos juegos. La importancia del documento del año 1215 radica en que se trata de una regulación de la vida clerical, y por ello puede entenderse que este juego ya estaba arraigado en la villa de tal manera que era necesario disponer sobre ello en el campo eclesiástico.

A finales de agosto

Cuando amanece en la campiña segoviana a finales de agosto, el silencio de los pinares que rodean la villa de Cuéllar se rompe con el sonido de los cascos de los caballos y el movimiento del ganado bravo. Comienza entonces uno de los espectáculos más singulares del calendario festivo español: los encierros de Cuéllar, considerados los más antiguos de España y declarados Fiesta de Interés Turístico Internacional.

Documentados desde el siglo XIII, estos encierros conservan una esencia que apenas ha cambiado con el paso de los siglos. A diferencia de otros festejos taurinos, aquí el protagonismo inicial pertenece al campo. Los toros son conducidos por caballistas expertos a través de caminos y claros entre pinares, en una coreografía ancestral donde jinete y caballo se convierten en guías del ganado. El paisaje castellano —amplio, luminoso y austero— se transforma durante unas horas en el escenario de una tradición que une naturaleza, historia y cultura popular.

El recorrido por el campo es largo y emocionante. Los jinetes, herederos de una tradición transmitida de generación en generación, conducen la manada hasta las inmediaciones del pueblo. Allí comienza la segunda parte del ritual: el encierro urbano.

[Img #5230]Cuando las reses atraviesan las puertas de la villa, el pulso de la fiesta se acelera. Los corredores toman el relevo y acompañan a los toros por las calles hasta la plaza de toros, mientras el público observa desde talanqueras, balcones y rincones del casco histórico. El trazado medieval de Cuéllar, con sus murallas, iglesias mudéjares y calles estrechas, añade un aire solemne y antiguo a un espectáculo cargado de emoción.

Durante varios días, la localidad se llena de vida. Las fiestas patronales en honor a la Virgen del Rosario convierten la villa en un lugar de encuentro donde se mezclan tradición, música, gastronomía y devoción popular. Vecinos y visitantes comparten un ambiente festivo que transforma cada rincón del pueblo.

Más que un simple festejo taurino, los encierros de Cuéllar son una expresión viva de la identidad castellana. En ellos pervive una relación ancestral entre el hombre, el caballo y el toro, una tradición que sigue galopando entre los pinares y las murallas medievales como lo ha hecho durante siglos.

Cada verano, cuando vuelve a escucharse el trote de los caballos al amanecer, Cuéllar recuerda que algunas tradiciones no solo se celebran: se viven. 

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