Montar a caballo toda la vida
Montar a caballo a los 20, a los 40, a los 60 y después de los 70
Redacción Martes, 29 de Septiembre de 2026La equitación tiene algo que muy pocos deportes pueden ofrecer: no necesariamente hay que abandonarla al hacerse mayor. Podemos montar a los 20, a los 50, a los 70 e incluso más tarde. Lo que cambia es nuestro cuerpo, nuestra manera de montar y, sobre todo, la forma en la que debemos administrar el esfuerzo. Experiencia, técnica, elección del caballo y preparación física adquieren progresivamente tanta importancia como la fuerza o los reflejos
![[Img #9726]](https://asesja.org/upload/images/09_2026/8731_montar-toda-la-vida-los-dos.jpg)
Hay deportes que tienen una relación complicada con la edad. La velocidad disminuye, la recuperación se hace más lenta y llega un momento en el que mantener determinado nivel resulta prácticamente imposible. La equitación funciona de otra manera.
El caballo aporta la fuerza y la velocidad y el jinete aporta equilibrio, coordinación, técnica, capacidad de anticipación y comunicación. Y algunas de estas cualidades no disminuyen necesariamente con los años: pueden mejorar.
Los datos internacionales reflejan esta particularidad. La edad media de los deportistas registrados por la Federación Ecuestre Internacional ronda los 29 años, pero existen grandes diferencias entre disciplinas. En doma, por ejemplo, la media se aproxima a los 41 años.
Más significativo todavía resulta lo que ocurre fuera de la competición. Un estudio publicado en 2026 sobre equitación y menopausia analizó a más de 600 amazonas de entre 34 y 74 años, con una edad media de 53. La inmensa mayoría —el 82,5%— practicaba equitación recreativa.
La cuestión, por tanto, no es solamente hasta qué edad podemos montar, sino cómo debemos montar a cada edad.
A los 20: fuerza, reflejos... y exceso de confianza
Entre los 18 y los 30 años el organismo se encuentra generalmente en una etapa privilegiada para afrontar las exigencias físicas de la equitación.
Fuerza, equilibrio, velocidad de reacción y capacidad de recuperación permiten soportar jornadas intensas y recuperarse rápidamente.
Es también la edad en la que muchos jinetes pueden afrontar disciplinas particularmente exigentes: salto, concurso completo, raid, doma, trabajo con caballos jóvenes o largas jornadas en el campo.
Paradójicamente, esa capacidad física puede convertirse en un factor de riesgo.
Sentirse fuerte y recuperarse rápidamente facilita ignorar pequeños dolores, montar durante demasiadas horas, asumir riesgos innecesarios o confiar excesivamente en la capacidad para resolver una situación complicada.
La juventud no protege frente a una caída.
Y existe otro error frecuente: confundir fuerza con técnica.
Un jinete joven puede compensar una posición deficiente utilizando piernas, brazos o espalda. El problema aparece cuando esos defectos se consolidan durante años.
Por eso ésta es probablemente la mejor etapa para invertir en técnica, equilibrio y educación postural.
Aprender a montar con el mínimo esfuerzo posible será una extraordinaria inversión para poder seguir haciéndolo cuarenta o cincuenta años después.
Entre los 30 y los 45: probablemente el gran equilibrio
En esta etapa puede producirse una combinación especialmente interesante.
Todavía existe una elevada capacidad física, pero empiezan a acumularse años de experiencia.
El jinete conoce mejor sus posibilidades. Ha vivido situaciones inesperadas. Ha montado diferentes caballos. Ha aprendido que una oreja, una tensión en el cuello o un cambio de ritmo pueden anunciar un problema antes de que éste aparezca.
Es también una edad en la que muchas personas empiezan a practicar la equitación de otra manera.
Quizá ya no interesa únicamente saltar más alto o galopar más rápido. Aparecen el turismo ecuestre, las rutas, la doma, el trabajo pie a tierra o simplemente el placer de montar sin competir.
Pero empiezan también las primeras señales que conviene escuchar.
La espalda puede protestar después de una ruta larga. Las rodillas recuerdan una antigua lesión. Una caída que a los 20 años habría producido únicamente un hematoma puede necesitar ahora varios días de recuperación.
La preparación física fuera del caballo empieza a resultar mucho más importante.
Entre los 45 y los 60: montar mejor para montar más
A partir de los 45 o 50 años aparece una transformación interesante: la calidad de la preparación comienza a importar más que la cantidad de entrenamiento.
No significa que una persona de 55 años tenga necesariamente peor condición física que otra de 30. Hay jinetes de 60 extraordinariamente preparados y personas de 30 completamente sedentarias.
Pero estadísticamente empiezan a producirse cambios fisiológicos que conviene tener en cuenta: disminución progresiva de masa y fuerza muscular, menor elasticidad, recuperación algo más lenta y mayor presencia de problemas articulares acumulados.
En las mujeres se añade la transición menopáusica, que puede afectar de forma muy diferente a cada persona. Cambios hormonales, alteraciones del sueño, termorregulación, densidad ósea, fuerza muscular o confianza pueden repercutir en la experiencia ecuestre.
En los hombres también se produce progresivamente una pérdida de masa muscular y pueden aumentar problemas de espalda, próstata, articulaciones o circulación que requieren adaptar la actividad a cada situación individual.
Aquí aparece una palabra fundamental: prevención.
Ya no debería bastar con montar para estar en forma.
Hay que estar en forma para montar.
La preparación invisible del jinete
Para quien practica equitación de exterior, una preparación física útil no tiene por qué parecerse al entrenamiento de un atleta profesional.
Caminar con frecuencia, trabajar fuerza dos o tres veces por semana y mantener movilidad y equilibrio puede resultar mucho más importante que realizar entrenamientos explosivos.
Especial atención merecen cinco zonas: abdomen y musculatura profunda del tronco, glúteos, piernas, movilidad de caderas y espalda.
El objetivo no es desarrollar grandes músculos.
Es conseguir estabilidad sin rigidez.
Un cuerpo rígido transmite cada movimiento al caballo. Un cuerpo débil tampoco puede acompañarlo correctamente. Entre ambos extremos se encuentra la capacidad de absorber el movimiento manteniendo el equilibrio.
Yoga y pilates pueden resultar buenos complementos precisamente porque trabajan movilidad, control corporal, respiración, equilibrio y musculatura estabilizadora, aunque no sustituyen necesariamente el trabajo específico de fuerza.
De los 60 a los 70: experiencia frente a potencia
Llegados a este punto aparece una ventaja que resulta difícil medir: la experiencia.
Un jinete veterano puede no reaccionar físicamente tan rápido como uno de 25 años, pero muchas veces no necesita reaccionar, porque ha anticipado lo que iba a ocurrir.
Ve el plástico moviéndose junto al camino antes que el caballo.
Detecta que el animal está mirando algo.
Siente cómo cambia su dorso.
Reduce el ritmo.
Le permite observar.
Y el problema nunca llega a producirse.
Ésta es probablemente una de las grandes razones por las que la equitación puede mantenerse durante tantos años: experiencia y anticipación compensan parcialmente la pérdida de determinadas capacidades físicas.
Pero hay una condición.
Hay que aceptar que el cuerpo cambia.
El caballo adecuado cambia con nosotros
Elegir correctamente el caballo siempre es importante. Con los años lo es todavía más.
Un caballo adecuado para un jinete veterano no tiene por qué ser viejo, lento ni apático.
Debe ser, sobre todo, fiable.
Un animal equilibrado mentalmente, con experiencia en exterior, que no reaccione de manera desproporcionada ante estímulos habituales y que permita al jinete administrar el esfuerzo.
También importa su conformación.
Un caballo excesivamente ancho puede generar problemas de cadera en determinadas personas. Un animal con movimientos muy amplios puede resultar agotador después de varias horas. Un caballo demasiado alto dificulta montar y desmontar.
La altura adquiere además otra dimensión: la caída.
Unos centímetros adicionales significan mayor altura desde la que podemos impactar contra el suelo.
Después de los 70: ¿se puede seguir montando?
La respuesta no puede depender únicamente del número que aparece en el DNI.
Dos personas de 72 años pueden presentar capacidades físicas completamente diferentes.
Por eso debería hablarse menos de edad cronológica y más de edad funcional.
Equilibrio, fuerza, movilidad, capacidad cardiovascular, visión, audición, velocidad de reacción, salud ósea y posibles enfermedades o medicamentos importan más que cumplir 65, 70 o 75 años.
No existe una edad universal a partir de la cual haya que dejar de montar.
Sí llega un momento en el que resulta sensato preguntarse periódicamente si podemos seguir haciéndolo con un margen razonable de seguridad.
Y adaptar la actividad no significa necesariamente renunciar a ella.
Lo que sí cambia después de los 70
Probablemente debamos ser más selectivos.
El caballo tranquilo deja de ser una comodidad y se convierte en una herramienta de seguridad.
El casco resulta imprescindible a cualquier edad, pero todavía más cuando las consecuencias de una caída pueden ser mayores.
Un chaleco protector puede adquirir también mayor interés, especialmente en campo y terrenos complicados.
Conviene evitar montar completamente solo en lugares aislados, llevar teléfono accesible sobre el cuerpo —no únicamente en las alforjas del caballo— y compartir la ruta prevista.
También debemos prestar mayor atención al terreno.
Un galope por una pista conocida, firme y despejada no representa el mismo riesgo que hacerlo por un camino desconocido, húmedo, pedregoso o con fuertes pendientes.
La veteranía consiste precisamente en saber distinguirlos.
Una hora no siempre es una hora
La duración de una ruta debe interpretarse junto con su dificultad.
Cuatro horas caminando y trotando suavemente por terreno cómodo pueden resultar menos exigentes que dos horas con fuertes pendientes, terreno técnico y numerosos cambios de ritmo.
Con los años puede ser preferible introducir pequeñas paradas antes de estar cansados.
Porque el cansancio altera la posición.
Cuando se fatiga el abdomen, la espalda comienza a asumir más trabajo. Cuando se cansan las piernas, aumenta la dependencia de las riendas. Y cuando desaparece la capacidad para acompañar correctamente el movimiento, también disminuye el confort del caballo.
La fatiga del jinete acaba convirtiéndose en fatiga compartida.
Recuperarse forma parte de montar
A los 25 años podemos terminar una ruta, comer cualquier cosa y volver a montar al día siguiente.
Con los años, la recuperación merece tanta atención como la propia actividad.
Hidratación antes, durante y después de la ruta; alimentación adecuada; sueño; movilidad suave después del esfuerzo y suficiente tiempo de recuperación permiten mantener la actividad durante más tiempo.
También cambia nuestra relación con el dolor.
No deberíamos asumir que tener dolor después de montar es simplemente “cosa de la edad”.
Una molestia repetitiva puede señalar una mala posición, un sillín inadecuado, una diferencia en la longitud de los estribos, falta de movilidad o una lesión que merece valoración profesional.
El momento más delicado puede estar en el suelo
Hay un aspecto de la equitación veterana que recibe sorprendentemente poca atención: montar y desmontar.
Subirse al caballo exige movilidad de cadera, fuerza y equilibrio. Desmontar después de varias horas puede resultar todavía más complicado porque los músculos están fatigados y las articulaciones rígidas.
Utilizar un bloque de monta no debería interpretarse como falta de capacidad.
Reduce el esfuerzo del jinete y, además, evita una importante carga lateral sobre el dorso del caballo y la montura.
En ruta podemos aprovechar una piedra estable, un desnivel o cualquier elemento seguro del terreno.
Saber desmontar cuando las circunstancias lo aconsejan es también una señal de experiencia.
¿Y galopar?
Cumplir años tampoco significa tener que renunciar automáticamente al galope.
Pero sí debería cambiar la manera de decidir cuándo hacerlo.
Terreno conocido, buena visibilidad, caballo equilibrado, distancia suficiente entre animales y ausencia de tráfico, ciclistas u otros usuarios del camino deberían convertirse en requisitos básicos.
La pregunta deja de ser “¿puedo galopar?” para convertirse en:
¿merece la pena galopar aquí?
Esa diferencia aparentemente pequeña resume buena parte de la evolución de un jinete.
20, 40, 60, 70...
A los 20 años podemos montar apoyándonos principalmente en nuestras capacidades físicas.
A los 40 combinamos capacidad y experiencia.
A los 60 empezamos a depender más de técnica, preparación y anticipación.
Después de los 70 necesitamos seleccionar todavía mejor caballo, terreno, duración y compañeros.
Pero ninguna de estas fronteras es absoluta.
Hay personas de 70 años capaces de realizar rutas que resultarían agotadoras para muchos jóvenes.
Lo importante es comprender que envejecer como jinete no consiste en intentar seguir montando exactamente como cuando teníamos 25 años.
Consiste en aprender a utilizar mejor aquello que todavía tenemos.
Una relación que también envejece
Y existe finalmente algo que ninguna estadística puede medir fácilmente.
Quien lleva cuarenta años montando no acumula únicamente miles de horas encima de un caballo.
Ha aprendido a observar.
A esperar.
A no pelear todas las batallas.
A reconocer el cansancio.
A comprender que un caballo que ayer cruzó un arroyo puede tener miedo hoy.
A descubrir que muchas veces conseguir que un animal confíe es más satisfactorio que obligarle a obedecer.
Quizá por eso la equitación tenga una relación tan peculiar con la edad.
El cuerpo pierde algunas capacidades, pero el jinete puede ganar otras.
Montar durante toda la vida no consiste en negar el paso del tiempo. Consiste en aprender a montar con él.